domingo, 21 de febrero de 2010

El Rostro Verde - Gustav Meyrink. (Fragmento)

En aquel entonces yo era aún bastante joven y acababa de sufrir una decepción tan grande que la tierra se me antojó durante mucho tiempo un lugar lúgubre e infernal. El destino me trataba como un verdugo implacable. Inmerso en tal estado de ánimo, sucedió que un día fui testigo de la manera en que se adiestraba a un caballo. Lo tenían atado a una larga correa, obligándolo a dar vueltas en círculo sin que se le permitiera ni un segundo de reposo. Cada vez que llegaba a un obstáculo que debía saltar, lo esquivaba y se ponía terco. Los latigazos llovían sobre su lomo durante horas, pero el caballo se negaba a saltar. El hombre que lo atormentaba no era cruel, sufría visiblemente a consecuencia del brutal trabajo que debía cumplir. Tenía una cara amable y bonachona, y cuando le reproché su comportamiento, me contestó: «Preferiría gastarme todo el jornal en comprarle terrones de azúcar si con ello comprendiera lo que quiero de él. Lo he intentado muchas veces, pero siempre sin resultado. Es como si el diablo habitara en este animal y le cegara el cerebro. Y eso que se le exige tan poca cosa». Vi un ansia mortal en los delirantes ojos del caballo cada vez que se acercaba de nuevo al obstáculo, el temor a recibir más latigazos hacía reverberar en ellos el miedo. Me rompí la cabeza intentando hallar otro medio de hacerse comprender por el pobre animal. Mientras le gritaba, primero con el espíritu y después con palabras, que saltase porque de esa manera todo se acabaría rápidamente, tuve que constatar, muy a mi pesar, que el doloroso sufrimiento era el único maestro capaz de hacerle llegar a la meta. Entonces reconocí súbitamente que yo actuaba lo mismo que el caballo: el destino me estaba golpeando y todo lo que yo sabía es que sufría.
»Odiaba a la fuerza invisible que me torturaba, pero hasta aquel momento no había acabado de comprender que todo aquello sucedía únicamente para que yo realizara algo, quizás salvar un obstáculo espiritual que se hallaba ante mí.
»Esta pequeña experiencia se convirtió en un hito en mi camino: aprendí a amar a los seres invisibles que me empujaban hacia delante a latigazos, porque sentía que hubiesen preferido darme azúcar si con ello consiguieran elevarme a un escalón superior al que ocupa la efímera humanidad.

1 comentario:

  1. Dame-chan te e dado un premio, pasate por mi blog alli esta ^^

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